Lo primero que llama la atención al recorrer Asturias no son las montañas ni las vacas: son esas cajas de madera oscura levantadas del suelo sobre cuatro patas, con una piedra plana encima de cada pata, plantadas al lado de las casas. Son hórreos, y no son decorativos. Cada pieza de un hórreo resuelve un problema muy concreto, y la más ingeniosa de todas es esa piedra redonda que parece puesta de adorno y que en realidad es lo único que separaba a una familia de perder la cosecha entera.
La piedra que salvaba el año
La característica más reconocible del hórreo asturiano son sus pilares, los pegollos, de madera o de piedra tallada, sobre los que se apoya el resto de la estructura. Y entre el pegollo y el hórreo hay siempre una piedra redonda o cuadrada, la muela o pegollera: losas calizas planas de unos 80 o 90 centímetros cuya única función es impedir que suban los roedores.
Es un mecanismo elemental y perfecto. El ratón trepa por el pegollo, llega al borde de la muela, se encuentra con un saliente plano por debajo del que no puede agarrarse, y se cae. Los roedores eran uno de los grandes peligros a la hora de perder una cosecha; el hórreo entero está levantado del suelo por esa razón, y también para que corra el aire y el grano no se pudra.
Un tipo constructivo muy definido
El hórreo asturiano «tipo» está perfectamente definido, con tres características invariables: planta cuadrada; paredes formadas por tablas dispuestas verticalmente y engarzadas en dos cuadros de cuatro vigas, uno abajo y otro arriba; y cubierta a cuatro aguas rematada en un solo vértice. Esa planta cuadrada es lo que lo distingue del hórreo gallego, alargado y estrecho.
Se monta sin apenas clavos, encajando piezas: es una estructura desmontable. De hecho los hórreos se han trasladado de sitio históricamente, pieza a pieza, cuando la familia se mudaba. Una despensa portátil de varias toneladas.
El oficio del maestro horrero
Detrás de cada hórreo hay un oficio. El maestro horrero seleccionaba dos castaños de tamaño y grosor similares, los cortaba a lo largo y los usaba como trabes, colocando una mitad frente a la otra. Es decir: las dos vigas maestras de un hórreo son las dos mitades del mismo árbol, y por eso trabajan igual y envejecen igual.
Ese nivel de criterio —elegir el árbol pensando en cómo se va a comportar la madera dentro de cien años— es lo que se pierde cuando un oficio desaparece. Todavía quedan horreros restaurando y construyendo, pero son pocos.
Qué mirar cuando pases al lado de uno
Los hórreos tienen una tradición que se remonta a época romana, con referencias documentadas desde el siglo XIII, y prosperaron especialmente en el siglo XVIII. Muchos tienen la fecha y las iniciales del dueño talladas en una viga, y algunos conservan decoración pintada o tallada en las tablas: son la firma de la casa.
Fíjate también en si tiene corredor —el pasillo exterior bajo el alero— y en el tamaño: los muy grandes y rectangulares, con seis pegollos o más, ya no son hórreos sino paneras. En el valle del Nalón hay decenas a la vista desde la carretera. Una vez que sabes para qué sirve cada pieza, dejan de ser postales y empiezan a ser máquinas.